Biografía

Retazos de la memoria de un espíritu errante

París

Tenía diecisiete años la primera vez que hice las maletas para acercarme a París. A pesar del tiempo pasado, aún me viene a la memoria el olor de aquel apartamento que compartí, en la preciosa Rue de Buci, con mi buen amigo Fernando Ruíz de la Puerta, la persona que más sabe sobre la historia mágica de Toledo y con el que descubrí, además de las antiguas leyendas que se contaban sobre la cueva de Hércules muchos años antes de que José María Merino nos hablase de ellas, una forma generosa de entender la vida y la amistad. Por aquel entonces, como dijo Hemingway recordando sus tiempos de juventud, París era una fiesta; en el ambiente perduraban los rescoldos del mayo del 68, por todos los rincones de la ciudad el aire estaba cargado de ilusión, se respiraba alegría y cualquier motivo era bueno para compartir mesa y canciones con el primer grupo de jóvenes con los que te juntases para festejar el júbilo de la vida. Muy cerca de donde vivíamos estaba la librería del “Ruedo Ibérico”, lugar de reunión de exiliados y activistas clandestinos que compartían pensamientos y estrategias sobre una España para mí absolutamente desconocida. El relato que escuchaba de sus bocas, mostrándome un país que en nada se parecía al que nos habían grabado a golpe de amenazas y pescozones durante los oscuros años de una infancia robada, me dejaba completamente desconcertado y me abría los ojos a una realidad inmensamente poderosa y poblada de estrellas. Creo que nunca le he dado suficientes gracias a la vida por haberme permitido tomar la decisión de hacer aquel viaje que tan importante fuera para el devenir de mi experiencia.

Rayuela

De ese mi primer viaje a París traje una maleta cargada de libros. Muchos de ellos eran textos comprometedores que, de haberlos revisado el agente de aduanas, seguramente me hubiesen causado algún quebradero de cabeza, pero confiaba en la estulticia y falta de interés libresco de los encargados de aquel concurrido paso fronterizo y pude pasar sin ninguna contingencia. La inmensa mayoría de aquellos libros, tras un largo peregrinaje por una intrincada cadena de manos imposible de rastrear, desaparecieron sin poder llegar a conocer su destino final, pero dejándome con la satisfacción de haberlos destinado fielmente a la misión que sus autores seguro que hubiesen deseado. Pero milagrosamente, casi diez lustros después, todavía conservo el que seguramente fuera el libro que con mayor intensidad marcó nuestros destinos, “Rayuela” de Julio Cortázar. Era una edición de Casa de las Américas que tenían en la librería del “Ruedo Ibérico” y que, gracias a la excelente encuadernación que solían tener todos los libros de dicha editorial y, aunque destrozado y mil veces reparado con cinta adhesiva, ocupa un lugar de honor en mi biblioteca. Era algo mágico, como un deber que cada nuevo adepto al Club de la Serpiente adquiría tras leer el libro: devolvérmelo lo más apañado posible para que las tertulias que iniciamos a raíz de su lectura fuesen lo más fecundas y creativas posible. El prestarlo era como un acto de iniciación, como el espaldarazo que se daba a los nuevos caballeros y seguramente por eso nadie se quedó con el libro y todos los amigos de entonces se apuntaban a la lista de espera para lograr la iniciación. Lo maravilloso de entonces no fue solo el sentirse como Oliveira o la Maga, ni siquiera el convertirnos en Cronopios y crear nuestro propio surrealismo provinciano, sino la gran afición que desarrollamos todos por la literatura latinoamericana justo en el momento del famoso “boom”.

La buhardilla

Teníamos por aquellos tiempos, a modo de algo similar a un club social o centro de reuniones, tertulias y fiestas más o menos lúdicas, una buhardilla que habíamos alquilado entre varios amigos. Como éramos jóvenes, divertidos y, hasta diría yo, de buena presencia y suficiente encanto, poco a poco fue cogiendo un cierto renombre como centro vanguardista y con personalidad. Eran muchos los amigos y conocidos que pasaban por allí, no ya con intención de sumarse a las tertulias u ocasionales fiestas que de vez en cuando celebrábamos, sino de entrar a formar parte del reducido grupo de, llamémoslo, los administradores de tan heterogéneo club social. Cierto es que durante los más de dos años que nos duró, fuimos felices disfrutando de divertidas veladas y animadas fiestas, pero también es cierto que, como consecuencia del constante goteo de gente más o menos conocida de la que resultaba difícil evadirse, terminó por enrarecerse el ambiente y hubo que dar por concluida aquella aventura de nuestra primera juventud. De todos los amigos de entonces, siempre recordaré a Pepe Serrano, excelente pintor y hombre de vida rebelde y atormentada. Juntos empezamos en este inabarcable mundo de la pintura y juntos frecuentábamos, con nuestro aire de bohemios incomprendidos, cafés y tabernas donde discutir sobre la grandeza de éste o aquél pintor que en ese momento nos fascinaba. Ya por entonces yo hacía mis pinitos literarios y Pepe, siempre generoso y cordial, alababa mis escritos y me animaba a seguir por el mundo de las letras. Es posible que tuviese razón y tal vez hubiera debido haberle hecho caso, pero la figura del pintor me resultaba más atrayente y, he de reconocerlo, no se me daba del todo mal.

Ibiza

Aunque el movimiento hippie, por culpa de la situación política española, llegó tarde y escaso a nuestro país, sitios como Ibiza y Formentera se convirtieron en referentes europeos a la altura de Berlín, Ámsterdam y otros claros centros neurálgicos de dicha cultura. En el verano del setenta y uno, el Breva, Pepe y yo, cogimos nuestras mochilas y los sacos de dormir y nos plantamos en Ibiza con la sana intención de empaparnos hasta la médula de la filosofía y forma de vida de los hippies. Fue un verano fabuloso. Todo salió mucho mejor de lo que habíamos soñado. Nos instalamos en un viejo molino destartalado de la Mola, en la parte alta de Formentera, donde conocimos a unas chicas francesas que, como nosotros, iban a hacer la iniciación a la nueva cultura que, como una mancha de aceite, se iba extendiendo por todo el mundo. Tras unos maravillosos días de absoluta indolencia disfrutando de los placeres del mar y de la vida, decidimos partir hacia Ibiza para cambiar de aires. Allí nos encontramos con unos amigos valencianos con los que ya habíamos estado unos días anteriormente y, junto con otros jóvenes de diversos países europeos, formamos un nutrido y variopinto grupo cuyo único fin era exprimir los deleites que el destino nos ofrecía en aquel maravilloso entorno. ¡Ah, aquellos fantásticos días retozando desnudos en perdidas calas bañadas por el sol! ¡Aquellas interminables tertulias en el bar La Tierra que habíamos convertido en nuestra sede habitual! Por entonces Ibiza no era lo que, con el tiempo, ha llegado a ser. La “beautiful people” todavía no había hecho acto de presencia y, como consecuencia, todo era más natural, más espontáneo y, por supuesto más asequible a todos los niveles.

La contracultura

Si algo diferenció a los hippies de otros movimientos juveniles posteriores fue la cultura. Es evidente que la música siempre ha sido el hilo conductor de todas las tendencias, grupos, estilos o movimientos juveniles y, lógicamente, los hippies no fueron una excepción. De la música de esa época no hace falta decir nada pues es de sobra conocida, pero lo que desgraciadamente se ha olvidado casi por completo son todas las tendencias culturales que, o bien fueron producto del propio movimiento, o bien se absorbieron de otras fuentes y se integraron en él. El movimiento hippie fue tremendamente culto; a la filosofía que puso los cimientos de toda su ideología, influenciada en primera instancia por Marcuse y la Escuela de Fráncfort, habría que sumarle toda la literatura y escritos de lo que llegó a conocerse como contracultura, Ginsberg, Kerouac, Burroughs, Timothy Leary, Alan Watts y tantos otros imposible de enumerar, así como las distintas tendencias plásticas como el Arte Pop, los movimientos informalistas y lo que seguramente más se identificó con el movimiento, los happenings. De todo ello nos empapábamos con verdadera pasión y soñábamos con fundar una comuna al estilo de la “Kommune” berlinesa de Uschi Obermaier. Discutíamos acaloradamente sobre política, religión, sexo, literatura, arte y hasta llegamos a realizar nuestros propios happenings por las calles de Valladolid. En aquellos tiempos España vivía de espaldas al mundo y, además de lo difícil que resultaba conseguir libros o cualquier tipo de información sobre estos temas, la inmensa mayoría de la gente carecía del más mínimo interés en estas cuestiones y nos miraban, al igual que a todo lo que oliese a cultura, como bichos raros potencialmente peligrosos.

Las drogas

Además de culto, el movimiento hippie fue radicalmente progresista y revolucionario. Puso en cuestión el derecho de los EEUU a intervenir en los asuntos internos de Vietnam así como el sistema de valores del capitalismo americano. Todas las corrientes y tendencias surgidas en la década de los sesenta, desde el mayo del 68 hasta los provos holandeses, la comuna berlinesa, el movimiento situacionista, la contracultura y tantos otros distribuidos por todo el mundo, pusieron en jaque los principios fundamentales sobre los que las democracias occidentales habían construido sus pilares. Solo había una manera, tal y como se hiciera en las guerras anglo-chinas, de acabar con esta imparable corriente libertaria que se expandía por todo el globo: meter las drogas dentro de estos movimientos. Cualquiera que conozca un poquito la historia sabrá que fue un acto deliberado por parte de los servicios secretos de algunos países que, infiltrándose en los grupos más prestigiosos y con mayor número de seguidores, difundieron la teoría de que las drogas, fundamentalmente de los opiáceos que hasta entonces había sido un fenómeno asociado a los grupos mafiosos y de delincuentes organizados, eran algo progresista y, además de darte maravillosas experiencias sensoriales, te iban a convertir en un ser superior al resto de los vulgares trabajadores de la economía burguesa. Y así fue como acabaron con toda una generación de soñadores que aspiraban a crear un mundo nuevo basado en el amor y la tolerancia, llevándose consigo, en su criminal estrategia, la vida de las mejores inteligencias de aquellos tiempos tal y como dijera Allen Ginsberg en su famoso poema “Aullido”: “Vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas, arrastrándose por las calles de los negros al amanecer en busca de un colérico pinchazo…”

Disc jockey

Aunque nunca tuve facultades musicales y mi oído era más bien tirando a duro, siempre fui un apasionado de “el arte de las musas” y, quizás por esa frustración que me producía el verme incapacitado para llegar a ser un virtuoso en esa disciplina, procuré rodearme de músicos e imbuirme de todo lo que mi cabeza pudiese asimilar de dicha manifestación artística. Ya desde mi época de colegial, en los primeros tiempos de la época beat, leía la que por entonces era mi revista favorita, “Salut les copains”, de la que me nutría para las puntuales adquisiciones de “singles” que mi escasa propina me permitía y que escuchaba incansablemente en un tocadiscos maleta que teníamos en casa. Como consecuencia de ese interés, desde que empezamos con los primeros guateques de nuestra adolescencia y ya que tenía tocadiscos y discos, a mí siempre me asignaban la función de pinchadiscos. Por un lado era un privilegio pues, de alguna manera, te daba una categoría superior como entendido en algo, no importaba el qué, pero por otro, tenía que estar peleándome todos los días para que alguien me sustituyese cuando me apetecía bailar, sobre todo si me gustaba alguna chica. Con el paso del tiempo, esta llamémosle distinción de la que disfruté en mi adolescencia, terminó, como era de esperar, en la cabina de la primera discoteca que pusieron en Valladolid por entonces, el “Beverly”, donde pasé dos años de mi vida como disc jockey, pinchadiscos o dj como se dice ahora. El dueño era un tipo siniestro con pinta de hampón y dirigente de Fuerza Nueva que, según las malas lenguas, se había hecho de oro con negocios más que dudosos. Por algún extraño motivo siempre le caí simpático y, al finalizar las sesiones de la discoteca, me solía llevar con él a lugares de mafiosos, vividores y pervertidos; sombrías salas de fiestas con espectáculos eróticos que siempre llegaban un poquito más allá de lo que la estricta censura de entonces permitía, lóbregos garitos de juego donde tan solo unos pocos podían acceder tras pasar el filtro del gorila de turno, reservados salones de elegantes pubs nocturnos donde se reunían depravados delincuentes con malhechores de distintas calañas para tratar de sus turbios asuntos, en fin, todo un mundo oscuro y tenebroso que hasta entonces nunca pensé que existiese más allá de las novelas policiacas.

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