Escritos

Relatos, poemas, experimentos y otras especies

laberinto de amor

la luna, en la ausencia de otras palabras susurradas y apetitos que presagiaban deleites necesariamente carnales, cedió su cetro de plata a las pálidas ensoñaciones de nuestro inquieto corazón y como rutilantes olas de pasión abarrotadas de níveas espumas resplandecientes al viento del ocaso, acariciábamos los más desenfrenados proyectos de placeres voluptuosos y noches de locura junto al mar en el abandono de un anhelante amor sin rubores, la brisa teñía nuestra bronceada piel de perfumadas evocaciones marineras mientras caminábamos como sonámbulos por las cálidas arenas y nos tumbábamos junto a las conchas que el reflujo de la bajamar había depositado en la playa, todo era dicha, nuestros temblorosos cuerpos se deseaban ardorosamente esperando la soledad del crepúsculo en aquella perdida cala para diluirnos en los brazos de arrebato carnal y, al igual que la lúbrica noche enseñaba sus irresistibles hechizos al fastuoso sol del atardecer que lentamente preparaba su lecho nupcial, el instinto se manifestaba descaradamente audaz en los preliminares de un concupiscente atardecer, era entre acantilados que el delicado terciopelo carmesí encubría los susurrantes arrullos de los besos caprichosos que anunciaban la esperada comitiva de caricias perfumadas, los impetuosos versos que los labios componían sobre el ropaje de Eros nos encaminaban libidinosamente a la lujuria y al apasionado tirabuzón de un deseo interminable que los astros ocultaban del devenir de las horas, no había suficiente piel para abarcar toda la carnalidad que nuestra sensibilidad soñaba con poseer y por cada poro de mis dedos inhalaba la fragancia de un cuerpo que, bruñido por mis vehementes caricias, idolatraba como si fuese un entregado adepto de la religión del placer, la tarde se vestía de oscuros tafetanes entre el aroma del salitre y el olor de las algas que festoneaban el acompasado balanceo de las olas mientras, embriagados por el ardoroso espectáculo de nuestros cuerpos desnudos, nos afanábamos en la mágica exploración de cada anhelante partícula de una epidermis enamorada, ya tan solo una leve sonrosada aureola sobre el horizonte separaba, como hiciera Dios en el origen de los tiempos, las aguas de la inmensidad de los cielos que albergaban el cobertor de estrellas que nos cubría de plata, la luna, celosa de nuestros enmarañados ardides para apurar el deleite de los sentidos, iluminaba con níveos resplandores el húmedo rastro que los apasionados besos dejaban sobre la piel, la boca recorría enardecida y voraz cada pliegue cautivado de unos cuerpos entregados al hechizado sortilegio de la voluptuosidad, no había recoveco, sinuosidad, recodo o llanura en los que no se deleitase, poro que no fuese acariciado, orificio que no fuese penetrado por una enfervorizada lengua que, libando los arquetípicos jugos del deseo, se dilataba hasta llegar a lo más profundo de su acuosa vagina fundiéndose con las laberínticas plegaduras de su sagrado recinto.


El mendigo

Tras una dura jornada laboral y después de clasificar mis papeles y guardar todos los archivos del ordenador, me encaminé al bar de Santi a tomar una cerveza y charlar un rato con los amigos. Al pasar por la plaza de Tolosa, en el cruce con la calle peatonal por la que suelo ir y volver del trabajo todos los días, y tal y como solía ser habitual desde que la crisis dejó a cientos de personas en el paro, un grupo de mendigos que se habían adueñado de los bancos de la zona, mientras compartían unas botellas de vino peleón, se dedicaban a abordar de vez en cuando a aquellos transeúntes que, por su aspecto, imaginaban que podrían darles unos céntimos para su próxima botella o paquete de cigarrillos. Ese día me fijé particularmente en uno que no recordaba haber visto hasta entonces. Seguro que se trataba de otro de los que cada día, como consecuencia del imparable goteo de desahucios provocado por la crisis, pasan a engrosar el número de vagabundos. Su aspecto le delataba. Pulcro, ropa limpia aunque claramente pasada de moda, una piel tersa y con aspecto de no haber sufrido las inclemencias del dormir a la intemperie y la mala alimentación, barba, aunque canosa y ligeramente más larga de lo que marcaban los tiempos, acicalada y con cierto toque distinguido, mirada limpia y sin atisbos de rencor u odio contenido, aspecto sosegado y como perdido en pensamientos difíciles de imaginar. Me entró la curiosidad y, sin pensármelo dos veces, me acerqué a él para conocer la desventura que lo había llevado hasta allí.
—¿Le importa si me siento a su lado? —le dije para romper el hielo.
—En absoluto, este es un sitio público y puede sentarse donde quiera.
—Yo suelo pasar por aquí todos los días y no le había visto hasta hoy, por lo que sospecho que lleva poco tiempo en esta situación.
—No se deje engañar por las apariencias, yo soy un vagabundo pero no soy un mendigo. Hace muchos años que renuncié a las posesiones materiales y vivo con lo absolutamente imprescindible. Suelo juntarme con las personas más desfavorecidas porque, además de ser los más cercanos a mí, nunca hacen preguntas.
—¿Y a qué se dedicaba antes de renunciar a los bienes materiales?
—Hace muchos años fui escriba, rabino y posteriormente librero. Nací en Francia en el siglo catorce y vine a España a estudiar la Cábala y antiguas tradiciones árabes y hebreas. Con los conocimientos que adquirí pude interpretar un antiquísimo tratado de magia que un desconocido me regaló en mi librería de París y, con todo lo que aprendí en dicho tratado, pude elaborar la Piedra Filosofal, no sin antes hacer el voto de pobreza imprescindible para su consecución. Y desde entonces me he dedicado a vagar por el mundo intentando penetrar en los más ocultos misterios de la vida y de la muerte.
Lógicamente me había quedado estupefacto con lo que me acababa de contar el mendigo. Sin saber qué decirle, le agradecí sus explicaciones, le di la mano y, tras desearle suerte, me despedí y me levanté para dirigirme, como todos los días, al bar de Santi. Según me alejaba del lugar fui pensando que, seguramente, el hombre no había sido capaz de asumir su nueva y penosa situación y en su cabeza se había creado toda una fantasía con la que enmascarar el dolor que debe producir caer en tan desolado estado. Probablemente terminaría trastornado creyéndose sus propias fantasías. Era una pena.
Al día siguiente, al volver a pasar por aquel lugar, pensé en acercarme de nuevo a él para charlar un rato e intentar ayudarle si fuera posible, pero no le vi por ninguna parte. Pregunté a los otros mendigos que había visto allí si sabían algo de él y, sorprendentemente, no solo negaron conocer a nadie con las características que yo les describí de forma prolija, sino que ninguno se acordaba de que yo hubiese estado hablando con nadie el día anterior.


Un mal día

El Geni se encontraba fatal. Hacía horas que necesitaba un pico y no veía la manera de conseguirlo. Estaba más seco que la mojama y por más vueltas que le daba a la cabeza no se le ocurría a quién pedirle dinero. Su vieja, a la que su novio había dejado tirada cuando se quedó preñada, estaba hecha polvo y más enganchada al caballo que él. A los colegas, a quién más o a quién menos, con todos tenía pellas pendientes y ya le habían dado el toque para que aflojase la mosca, incluso al Alberto, el gitano, le debía dos papelinas y cualquier día le iba a tirar un viaje y lo iba a dejar en el sitio. ¡Qué historia más chunga!
Vagaba, más aturdido que reflexivo, por las lúgubres callejuelas del depauperado suburbio donde vivían la mayoría de los yonquis que, junto a otros grupos de marginados y emigrantes, aún subsistían en la ciudad. Con apenas veinte años ya conocía todas las vicisitudes de la suerte del proscrito, desde pasar más de un año en el talego cuando le trincaron vendiendo papelinas para costearse su dosis, hasta sufrir un corte en la mejilla tras una pelea con otros camellos que le había dejado marcado de por vida, o estar a punto de palmarlas por culpa de un pico chungo. Se tenía por un tipo duro, bregado en el mundo del hampa y dispuesto a jugarse la vida por conseguir unos gramos de jaco. Al pasar por el tugurio de Mohamed, un antro pestilente donde solían reunirse sus colegas y cuyo dueño solía enrollarse con ellos, entró a ver qué se terciaba dentro del garito.
—¡Ponme un clarete Mohamed! —dijo con autoridad.
—¿Tienes dinero?
—¡Vamos tío, no seas cabrón, que estoy esperando un bisnes y dentro de unos días te pago todo lo que te debo!
—¡Siempre estás igual! Bueno, venga, pero es el último que te fío.
—¿No ha pasado nadie de la basca por aquí?
—Ya lo ves, estoy más solo que un piojo en la cabeza de un calvo, y para colmo, el único que entra no me paga.
—Bueno, no te quejes tanto —dijo el Geni mientras apuraba el vaso de clarete y se disponía a salir por la puerta.
Estaba desesperado, le dolían las articulaciones y respiraba con dificultad. Por más vueltas que le daba no se le ocurría nada. Podía atracar una farmacia o un comercio, pero no le apetecía volver al talego, lo había pasado mal y se había granjeado varias enemistades que le harían la vida imposible. Solo le quedaba una solución, robárselo a su abuela. Era jodido, la mujer solo tenía una pequeña pensión para sobrevivir, pero no se le ocurría ninguna otra alternativa. Ella al fin y al cabo podía recurrir a sus hermanos que, aunque no tenían mucho, entre todos la ayudarían, y él en cambio estaba fastidiado.
Llamó al timbre y esperó hasta que abrió la puerta su abuela.
—¿Qué quieres Geni? Si vienes a por dinero, no tengo nada, así que ya te puedes ir.
—No vengo a por dinero, vengo a saludarte —dijo mientras apartaba a su abuela con el brazo y se metía agresivamente dentro.
Fue directo a su dormitorio y miró decididamente en el cajón de su mesilla que era de donde le había visto sacar el dinero la última vez que consiguió sablearla. Su abuela iba detrás agarrándole del brazo y repitiéndole compulsivamente que no tenía nada. Escudriñó con impaciencia todo lo que iba encontrando en el cajón mientras tiraba al suelo lo que no le servía hasta dejarlo casi vacío.
—Mira abuela. Necesito urgentemente el dinero, así que dime dónde lo has puesto.
—Te repito que no tengo nada, así que no hace falta que lo busques.
Geni empezó a ponerse nervioso y comenzó a rebuscar por todas partes de manera compulsiva y desordenadamente. Abría armarios y arrojaba todo su contenido sobre la cama para después explorar pliegues y bolsillos rompiéndolos y rasgando prendas que le parecían sospechosas; su abuela trataba de contenerle repitiendo una y otra vez que el dinero lo tenía en el banco para que no se lo robasen él o su madre, pero seguía afanosamente en su alocada e infructuosa búsqueda. Geni estaba fuera de sí, se dirigió a la cocina con la cara desencajada vaciando los cajones, los anaqueles y la alacena con todas las reservas alimenticias de su abuela, volcó los tarros de legumbres, las cajas de galletas y los frascos y fiambreras del frigorífico. Cuando empezó a desesperar de su impetuosa búsqueda, cogió un cuchillo de cocina que había sobre una encimera y se lo puso en el pecho a su desesperada abuela que lloraba y gemía para que la dejara en paz.
—Dime donde tienes el dinero o te mato. Estoy desesperado y sabes que soy capaz de hacerlo.
Ante esa situación y sabiendo la pobre mujer que su nieto era capaz de todo, soltó un terrible alarido que se metió, como un estilete que horadase los últimos hilillos de razonamiento humano que aún quedaban en la mente de Geni, hasta lo más profundo de su cerebro. Al igual que un hambriento depredador que acabase de abatir a su presa, apuñaló una y otra vez a su pobre abuela que, horrorizada y presa del dolor y la angustia, veía como su nieto le arrebataba lo único que le quedaba en este mundo, la vida. Después, agotado de las innumerables cuchilladas que asestó a la infortunada mujer, se limpió sin mucho esmero, le quitó los humildes pendientes que llevaba, su anillo de bodas y recopiló todo lo que le pareció factible de ser empeñado y, con todo ello se fue a la casa del perista que apenas le dio para un mísero pico. Cuando el veneno entró por fin por sus venas Geni se sintió feliz olvidando todo hasta que, en unas horas, el mono volviese a atormentarle con su insaciable apetito.


El aprendiz

Hacía tres meses que Cancio había entrado a trabajar como aprendiz en el taller de Habib al-Attár, famoso hechicero, nigromante y alquimista que el rey Teobaldo el Trovador había traído de Tierra Santa en su última aventura como cruzado. Mientras aprendía el noble arte de fabricar pócimas, ungüentos y talismanes, se pagaba su manutención y alojamiento realizando todo tipo de labores domésticas imprescindibles en el taller de un alquimista; desde conservar convenientemente pulcro el recinto, hasta accionar durante horas el fuelle que mantenía constante la temperatura del atanor o machacar en el almirez las materias primas de las mixturas que el maestro preparaba. Muchas veces había visto a su preceptor sacar de frascos y redomas extrañas sustancias cuyos nombres, escritos en árabe o latín junto a incomprensibles ideogramas pintados en el exterior, formaban un colorido mosaico en los abarrotados anaqueles del taller que procuraba mantener limpio y ordenado; de algunas, no solo se había aprendido el nombre, sino que también conocía su utilidad y bajo qué condiciones astrológicas se debían usar; sabía que de Venus eran el aljófar, el azafrán, el bálsamo de Judea y la nuez moscada, de Marte el arsénico, el euforbio y el sándalo rojo, de Júpiter el estaño, la pimienta y el alcanfor, y así de todos los cuerpos celestes que conformaban los tres reinos.
Aquel día, tras marcharse el maestro Habib ante un requerimiento del rey Teobaldo a causa de unas fiebres que lo habían dejado postrado, Cancio, que se encontraba sin ninguna ocupación urgente, se dedicó a fisgonear entre alambiques, sublimadores y hornos de reverbero. Contempló la tablilla donde estaban grabados los números del amor que el rey Kanka, el que construyó la ciudad de Manaf, había ideado para estrechar las relaciones entre las personas, y del que dicen que tenía una copa mágica que le regaló al gran Alejandro, que por mucho que bebieses nunca bajaba de nivel. Junto a la tablilla, en unos vasos canopes de alabastro traídos de Tebas y que sirvieron para contener las vísceras de un misterioso sacerdote egipcio, había sustancias que el maestro le había prohibido tocar, líber de mandrágora, frutos de datura estramonio, sabia del árbol de María, eléboro negro, beleño, cicuta, pulpa de coloquíntida y muchas otras sustancias que nuestro amigo el aprendiz desconocía. Como era joven y curioso, fue cogiendo pequeñas porciones de cada una y las fue echando en un acetre de bronce que tenía a su lado, echó también unos ojos de víbora, jugo de rábano, unas hojas secas de acedera, bilis de cabra y semillas de malvavisco. Una vez mezclado concienzudamente todo, cogió el acetre, lo acercó al atanor y, maniobrando con decisión el fuelle, lo puso en ebullición mientras esperaba a ver qué sucedía.
Poco a poco los vapores que salían de la cocción fueron cogiendo color. En principio eran leves destellos nacarados que formaban las volutas de los grises vapores que salían del caldero, para después convertirse en caracoles iridiscentes cargados de veneno que, apenas asomaban por el borde del perol, resbalaban por sus paredes y se fundían, perezosos, con el aire enrarecido del taller. Cancio contemplaba absorto las fluctuaciones mágicas de las ondas que todo lo envolvían; se le antojaban voluptuosas sirenas que acariciaban su cuerpo y cuyos dedos jugueteaban con su pelo ensortijado. El taller se fue convirtiendo en un majestuoso palacio de malaquita donde unas lujuriosas bailarinas realizaban sensuales contorsiones al son de las cítaras, los timbales y los caramillos. Se sentía flotando entre la música que todo lo inundaba, era una nota más perdida en la inmensidad del universo, un susurro en la eternidad. Se iba a fundir con la eterna luz que todo lo bañaba cuando abrió los ojos y vio la cara de su maestro que, sujetándole la cabeza entre sus brazos, le forzaba a beber un amarga pócima que le iba a devolver al mundo real.
Quiso la fortuna que Habib tuviese que volver a por unos compuestos que precisaba para el rey, para felizmente poder enmendar el trágico desastre que su tunante aprendiz había organizado. Al llegar al taller, gracias a su experiencia y fino olfato, comprendió que un poderoso veneno fluctuaba por el aire. Vio el caldero en el atanor y a su joven e inexperto discípulo inconsciente sobre el suelo. Abrió puertas y ventanas para que el viento se llevasen los mortíferos vapores que anegaban el aire, arrojó el contenido del acetre en una zanja que tenía junto al taller y, preparando un antídoto contra el veneno respirado por Cancio, se lo obligó a beber salvando así su vida.


Posesión

Aunque mi recuerdo es vago e inconexo, los hechos que aún atormentan mis noches de pesadilla siempre permanecerán metidos en lo más profundo de mi cabeza hasta el día de mi muerte. Hacía poco tiempo que había comenzado mi asistencia a la clase de párvulos en aquel vetusto palacio del siglo dieciséis que, donado hacía muchos años por un conocido noble a la congregación de monjas que por entonces seguían regentándolo, había sido el atanor donde nos habíamos iniciado en la vida los niños y niñas que por allí fuimos pasado.
Aún siguen viniendo a mi mente aquellos lóbregos pasillos que conducían a oscuros misterios que nuestra pequeña inteligencia infantil era incapaz de descifrar, aquellas ennegrecidas puertas de roble con cuarterones que ocultaban secretos que nos hacían temblar de miedo, aquellos mitos y leyendas que circulaban de boca en boca sobre hermanas que habían sido emparedadas en los muros del palacio y cuyos lamentos, en la noche de las ánimas, aún podían escucharse retumbando por los corredores y galerías del convento.
Aquel había sido un día de tantos, tranquilo, escuchando las enseñanzas de aquellas diligentes hermanas que sublimaban sus instintos maternales con aquel plantel de incontrolables golfillos. Cuando llegó la hora de la salida, como pasaba el resto de los días del curso, una marabunta de revoltosos chavales salió disparada por el portón principal dando gritos de alegría y alborotando con la felicidad de cachorros salvajes que son liberados de sus ataduras.
—¿No ha salido Dani? —nos preguntó la madre de uno de los compañeros al no verle entre los que habitualmente jugábamos con él.
Al no poder darle señas acerca de su hijo, entró en el colegio a preguntar a las hermanas, las cuales, extrañadas de que no hubiese salido con todos, la acompañaron a mirar por las aulas a ver si se había quedado rezagado o, lo que es peor, que le hubiese pasado algo y estuviese sin sentido por algún rincón del recinto. Pero nada, no apareció por ningún lado. Llamaron a sor Teresa que era la encargada del grupo en el que estaba Dani y afirmó que, ese día, no había asistido a clase.
—No puede ser —aseguró la madre nerviosa y cada vez más asustada—, yo le he traído al colegio y he esperado en la puerta hasta que han entrado todos.
Algunos de nosotros, que nos habíamos quedado en la entrada mirando a ver qué pasaba con aquel extraño suceso, pudimos confirmar que, aunque ninguno se acordaba del momento en que habíamos dejado de ver a Dani, efectivamente había jugado con nosotros esa mañana.
Ante lo enigmático e inquietante del caso, tanto la madre como las hermanas decidieron llamar a la policía no fuese a ser que alguien, aprovechando un descuido de la portería, hubiese entrado furtivamente en el colegio y se hubiese llevado a Dani. Pocos minutos tardaron en llegar dos coches con inspectores y oficiales que, tras entrar rápidamente donde todos esperábamos con inquietud y desasosiego, interrogaron a los allí presentes sobre lo que cada uno recordaba de ese día. Fue en ese momento en el que Tito, otro de nuestros compañeros, se acordó de que había visto, antes de entrar en clase, a sor Margarita llevándose de la mano a Dani hacia el interior del convento.
—¿Sor Margarita? —dijo con manifiesta alarma la superiora de la congregación—. Sor Margarita está enferma, tiene un trastorno nervioso desde hace un tiempo y no se le permite relacionarse con los niños. ¡Ay Dios mío! Vayamos corriendo a su cuarto.
No sé si por un descuido de la policía o porque el destino así lo había decidido, nadie se molestó en impedirnos acompañar a los inspectores hasta el cuarto de sor Margarita. Llegamos, la superiora abrió la puerta y, lo que desgraciadamente presenciamos, fue la cosa más terrorífica que un niño puede llegar a ver en su vida. Allí, sobre la humilde mesa que normalmente servía de escritorio, se encontraba el cuerpo despedazado de Dani. Un tremendo corte le había seccionado el pecho en dos y se mostraba, llena de sangre, toda su cavidad torácica, dos gruesas arterias con los bordes desgarrados sobresalían por encima de los lóbulos pulmonares, faltaba el corazón y, aunque no se le veía por ningún lado, estaba claro que había sido arrancado con violencia. Sor Margarita estaba cubierta de sangre, tenía la cara desencajada y una terrorífica mueca reflejaba el aquelarre que acababa de suceder allí.
—Soy la esposa de Lucifer y os voy a matar a todos —gritaba y reía la desdichada hermana fuera de sí—. Acabamos de celebrar los esponsales y he comulgado con el corazón de un inocente. Ahora soy poderosa y me vengaré de las injusticias que habéis cometido conmigo.
Como todavía tenía el cuchillo ensangrentado con el que había cometido aquella atrocidad, los policías la sujetaron, se lo arrebataron y, tras ponerle las esposas e inmovilizarla, llamaron a los servicios forenses y al juez. La madre de Dani, gritando de dolor e intentando abrazar los despojos de su hijo, fue sujetada y sacada del cuarto por otro de los agentes. A nosotros también nos echaron cuando ya era demasiado tarde y las pesquisas siguieron el cauce habitual que suelen seguir en estos trágicos sucesos.
Los primeros que nos negamos a volver a pisar aquel endemoniado lugar fuimos los desafortunados que presenciamos aquellos espeluznantes hechos, pero todos los demás, por un comprensible miedo a lo sobrenatural, fueron dejando aquel colegio que, en pocos días, se quedó solitario y estigmatizado para el resto de sus días. También las hermanas, que aseguraron que por las noches se oían los terribles llantos de Dani, fueron abandonando aquel lugar maldito que, aún hoy en día, sigue cerrado a cal y canto escondiendo en sus entrañas un misterio que es mejor olvidar.


Soneto del quebranto

Vi las aguas de mares tenebrosos
rompiendo en el abismo del ocaso;
pálidas flatulencias del fracaso
en tristes corazones silenciosos.

Vi tolvaneras de vientos furiosos
abarrotando de amargura el vaso
de aquellos que escapamos del parnaso
y andamos por caminos peligrosos.

Percibo de los tiempos la agonía
acechando perdidas esperanzas
de almas forjadas en la tiranía.

Son los versos preñados de venganzas
de aquellos que robaron la poesía
escribiendo el destino con sus lanzas.


Sortilegio de sombras

Cúbicos talismanes espectrales
tallados sobre figuras bermejas
adornan los rituales
que alegres nos pusieron en bandejas
las bellas hechiceras fantasmales.

Es la noche de vírgenes plebeyas
en que ajenos al eco del fracaso
levantamos estrellas
cuando sopla la brisa del ocaso
por las lindes de ocultas epopeyas.

Palabras de pasiones anhelantes
en vanas jeroglíficas orgías
que locos coribantes,
danzando sobre el filo de los días,
escriben sobre espejos rutilantes.

Son horas pubescentes en que el viento,
trazando tornasoladas figuras,
fija el tenaz momento
de esclarecer maldiciones oscuras
en el canto de un recuerdo sangriento.

¡Ah locura de mentes parricidas!
¿En qué burdel perdisteis la inocencia?
Busca en pasadas vidas
y narra tu pestilente experiencia
de alocadas aventuras suicidas.


Soneto de las brujas

Volando a lomos del macho cabrío,
de Walpurgis en noches tenebrosas,
las brujas con sus pócimas valiosas
acuden prestas al cubil sombrío.

Mágicas vestales de un dios impío,
luciéndose cual exquisitas rosas
y felices como hadas caprichosas,
desnudas bailan con libre albedrío.

Sus cuerpos, de placer anhelantes,
de brebajes y mágicas pociones
embadurnan cual expertas amantes

para entregarlo a las dulces pasiones
de telúricas deidades galantes
que fecundan la tierra con sus dones.